Acompañar al niño que llevamos dentro
Somos
a partir de otros. Desde el primer momento en que el cada uno de
nosotros es concebido dos células se mezclan e inician una
danza que genera un conjunto de órganos y sistemas que dan forma al
cuerpo que cada uno de nosotros tiene.
Para
la madre de este cachorro humano, se inicia un proceso de cambios que
va desde su corporalidad hasta su psique. La madre que acompaña a
este nuevo ser necesita adaptarse a la novedad de llevar consigo a
este cuerpo y así se inicia una relación de profundas raíces
psicológicas contenidas en el cuerpo. Ambos cuerpos transformados
para llevar a cabo su función: la madre gestora de vida, vasija
multiplicadora, hilo que perpetúa la humanidad, con una primera
función biológica que permitirá que el bebé se desarrolle, crezca
y nazca mientras que el bebé sin un conocimiento preciso de sí
mismo hasta mucho después del nacimiento y necesitado de los
cuidados del otro para poder desarrollarse.
A
partir del cuerpo cada madre debe de ir adaptándose nuevamente a las
necesidades del neonato: hambre, sueño, necesidad de estar limpio y
cobijado, como en ese otro lugar en el que para el bebé sólo
existía la plenitud, el bienestar. Los recursos con los que cuenta
el bebé: llanto, muecas y tensión muscular le permiten buscar
la ayuda necesaria para hacerse de un cuerpo que le auxilie hasta que
con la maduración pueda alcanzar autonomía y la independencia
necesarias para convertirnos en adultos. Somos
forjados a través del cuerpo del otro. Acomapañados
por otro que nos da forma, que nos permite ir siendo personas. Ese
cuidador principal (madre, padre o cuidador primario) que sostiene,
manipula y presenta los objetos (Funciones Maternales de D. W.
Winnicott) y que permite que cada bebe puede ir desde la dependencia
absoluta hasta la autonomía de poder crear y sostener sus relaciones
interpersonales. Ahora bien, la historia real de cada persona viene
llena de frustraciones, de situaciones de displacer, que son llenadas
por el amor y los cuidados de la madre o del padre y regulan de esta
manera nuestra capacidad de reparación. Pero qué sucede cuando
desde muy tierna edad nos encontramos solos en el mundo, cuando
nuestra comunicación no es descodificada por mamá o por papá.
Surge el abismo, la sensacidón de sabernos perdidos, de ue los
encuentros con el otro quiebre la poca certeza de nuestra propia
existencia y es cuando, ese ser, ese bebé se repliega, negandose a
recibir, ya que la espera del otro es vivido como una perdida
irreparable que deja a la criatura inerte, sin ganas de curiosear y
es este el primer paso hacia la depresión.
Esta
es la historia de cada uno de nosotros, creciendo en la familia
que nos tocó nacer, con la cultura, el idioma, los paisajes, los
ambientes, las creencias hasta llegar a la adultez y recorrer
los diferentes caminos que se puedan escoger.
Reconocer
que el cuento de hadas de la felicidad infantil perfecta es una
utopía y honrar la propia historia personal, reconociendo los
encuentros y desencuentros, las miradas, los vacíos, la
desesperanza, el dolor y el desamparado vividos a pesar de la sonrisa
y el saber encajar en el mundo es el primer paso para sanar. Sanar
las heridas vinculadas al amor, al cuerpo que el otro no nos brindó
al inicio de nuestra historia y que reclamamos hoy día de manera
compulsiva con cualquiera de nuestros comportamientos adictivos.
El
terapeuta en movimiento acompaña al otro desde el lugar que
ocupa: aceptándole como es y como está. Ofreciéndole desde el
movimiento la sensación de un lugar que se habita, un lugar lleno de
sensaciones, recuerdos, pensamientos, obteniendo ese
cuerpo que en la primera infancia no se creo a partir de la función
materna: Un cuerpo que anida dentro de sí lleno de la emoción
y los deseos de vivir que permiten la perseverancia, la resiliencia
necesaria a pesar de las situaciones adversas en la vida.
Acompañar
desde el cuerpo a ese niño que fuimos, para dejarlo aparecer y
reencontrar la esperanza en los apoyos que ofrece el terapeuta, que
con su cuerpo como puente, como enlace del allá y entonces permite
construir un aquí y ahora diferente, a partir de la mirada de
reconocimiento, del sostén y las nuevas maneras de estar y ser
en la vida.

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