De likes reales y virtualidad

Cada uno de nosotros necesita de la aprobación del otro. Parte de nuestra necesidad social al ser mamíferos es ser reconocidos, primero por nuestra madre,que nos acogió en su seno (y que con toda la suerte del mundo, nos dió de mamar) y también ser reconocidos por nuestra manada, lidereada por el padre. Existimos gracias a la relación con nuestros padres, un concepto que al día de hoy se ha ido transformando en dos adultos, sin importar su sexo, que acompañan al hijo en su desarrollo.
Somos en sociedad y nos construimos por nuestra interacción con ella. Los likes que realmente necesitamos se encuentran en la piel: que nos sostiene, nos acuna, nos calma, nos alimenta y nos nutre física, mental y emocionalmente desde el primer instante de nuestras vidas. Likes que vienen del amor incondicional y de la aceptación, por lo tanto, nunca tendremos el temor de perder la popularidad, pudiendo mostrarnos tal cual somos, confiando en nosotros mismos y contando con nuestra red de apoyo en cada momento de nuestra vida.
Hoy día la preocupación de muchas familias se vuelca hacia las series o los juegos en línea que han incitado a algunos adolescentes al suicidio. Ya desde muy temprano nuestra prole se encuentra volcada al mundo de las pantallas, expuesta a los diferentes medios que pretenden establecer lazos, conectándonos fácilmente con muchos otros, sin embargo, esta virtualidad precoz destruye la verdadera comunicación entre padres, madres e hijos. La problemática se agudiza cuando las pantallas se convierten en el pacificador de las conductas inapropiadas o el acompañante eterno en las horas de ocio. La coconstruccion de nuestro SER se encuentra fracturada, el contacto pasa por los objetos que no ofrecen afectividad, y así los adultos vamos creando el abismo con nuestros propios niños, creando adolescentes cada vez más apáticos y desconectados.
Repensar la maternidad y paternidad responsable es nuestro mayor reto. Responder con nuestra mirada afectiva, con un estilo de comunicación abierto, flexible, que permita crear personas capaces de discernir y de pedir ayuda cuando lo necesiten. La adolescencia es un puente, un camino que se construye con las bases de ese amor, de esa escucha, de ese norte que hemos ido integrando desde la infancia y también es la etapa de la búsqueda, de la independencia y afirmación que dan como resultado la rebeldía y la separación del entorno familiar hasta llegar a la adultez a recolocar nuestras figuras paternas en su sitio.
Hoy, como en todos los tiempos, ser padres es una tarea ardua, sobre todo, si por nuestra historia no podemos ofrecer esta primera conexión, esa que desesperadamente están buscando muchos niños y jóvenes dentro de la virtualidad. Repensemos y actuemos, la fiebre no está en las sábanas, el problema no es la ballena o el streaming de tal o cual serie; la demanda real es de tiempo, amor, comprensión y guía no recibidas a tiempo.
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